La cuaresma opaca
María C. Recio
¿Cómo funciona la memoria? De pronto, el reflejo de una luz, la forma de un objeto o la aspiración de un aroma dispara la máquina de los recuerdos, y al más puro estilo de Proust nos lanzamos a vagar en los terrenos que estuvieron ocultos por buen tiempo en el cerebro.
Recuerdos que nos hacen llegar al momento en que ocurrió una circunstancia feliz o sobrevinieron indescriptibles tristezas que quedaron grabadas en un pedacito escondido del corazón.
Los días precedentes a la Semana Santa están llenos de todos estos significados que alimentan a los recuerdos, que nos los provocan de uno por uno o en franca desbandada.
Sobre las mesa del comedor aparecen de pronto los secos platillos de la Cuaresma. (¿Serán necesariamente resecos por haber estado Jesús en el desierto los cuarenta días con sus correspondientes noches?).
Es curioso, pero podemos sintetizar las temporadas de Cuaresma de nuestra niñez con unos cuantos recuerdos. No se necesitan muchos para poder componer el cuadro. El primer día en que se probó la capirotada vale por las cuarenta jornadas que se lleven de vida; lo mismo ocurre con los chicales, la sopa de lentejas y las tortitas de camarón, algunos de ellos, ahora, punto menos que incomibles.
Eran días de extremo sosiego en la ciudad. Días calmos de muy escaso movimiento ya no digamos vehicular, cosa hoy imposible de observar, sino humano.
Un ambiente que ya hacía presentir la tristeza que se iría acomodando en las almas. Un solo recuerdo que nos lanza a un sinnúmero de sentimientos y sensaciones. Uno solo puede hacernos evocar toda una época. Puede ser que no se necesiten más. Vaya el caso: para recordar la bondad de una abuela, se remite al momento en que, sentada la niña frente a una mesa de madera que rememoro de color verde, la buena mujer se inclinaba sobre ella para ofrecerle, al calor de una estufa de leña antigua, una taza de atole. Si adicionalmente sería la primera vez que la pequeña tomaba en taza de cerámica y no en vaso de plástico, la imagen se acentúa. La confianza de la abuela, la generosidad en el gesto, habrán de quedar grabadas para siempre en la mente de esta pequeña.
¿Cuántos son los recuerdos con los que nos formamos la imagen de la persona amada? Muchas son las horas, los días, las semanas y los años que convivamos con aquella, pero por alguna razón, en nuestros cerebros y en el corazón se quedan registrados sólo momentos.
Y éstos son los que en verdad cuentan a la hora de dar por sentado cómo era tal o cual persona, cómo nos llevábamos con ella o cuánto la llegamos a querer o no, por la virtud o el defecto mostrado en un momento determinado de las vidas.
Con las temporadas de Navidad, Cuaresma o Semana Santa ocurre lo mismo. Seleccionamos algo que nos marcó por determinada circunstancia y no sabemos a ciencia cierta el porqué fue ése precisamente el que elegimos. La memoria funciona de modo muy arbitrario. En reuniones familiares o de amigos que llevan tiempo sin verse, el enriquecimiento de los recuerdos vale para armar un rompecabezas al que muchas piezas hacían falta.
Estamos ya metidos de lleno en la temporada cuaresmal. Vuelven algunos pasajes del pasado y a la vez estamos en este momento formando otros. Es tan extraña nuestra memoria que puede ser, puede ser, que queden pocos registrados de esta época en particular como lo fueron de otras, y que para componer nuestro cuadro del futuro sólo tomemos como a cuentagotas algún aroma, algún sonido o la forma de un objeto.
Así de extraño funciona la memoria.
El bien y el mal
Terminó en la Casa de la Cultura de Saltillo la temporada en que el joven actor Juan Carlos Toledo Gómez interpretó a Mefistófeles. Con una excelente actuación y magnífica dirección escénica, a cargo de Sylvia Vilchis, la obra encaja justamente en lo que se pensaría debemos reflexionar en las cuaresmas de hoy. El monólogo presenta al personaje que agobiado por las miserias de los hombres desea que terminen éstas de una vez por todas. Presenta al hombre en su lado oscuro: la envidia, la avaricia, la gula, en fin, los siete pecados capitales. Pero él ya no quiere ser señalado como el culpable de todas estas miserias. Sostiene conversaciones con Dios y en el final queda claro: Dios ha salvado a la Humanidad, así con mayúsculas, venciendo a Satanás, pero Mefistófeles sigue cargando con la culpa de cada uno de los seres humanos que se empecinan en sus pecados. Desea ser salvado, pero necesita a cada uno de sus congéneres para ser liberado.
Un esfuerzo muy encomiable. Una puesta en escena ad hoc para estos tiempos.
martes, 23 de febrero de 2010
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