En la tierra sólo hay un regalo divino: ser niño. Días atrás cumplí mi primer cuarto de siglo. Reconocer mi edad me hace volver atrás. Estampas furiosas recorrieron mi mente y volví a vivir lo que sin darme cuenta se traduce en ayer.
De allá rescato a Papá Carlos en el jardín de la casona creando con sólo un serrucho, clavos y madera artesanías casi ilusorias; regaba los alcatraces, podaba los arbustos y admiraba el escandaloso aretillo que rodeaba magnífico al árbol de durazno.
En el escenario nacían igual unos chilitos y limones, tan contentos como las rosas y las bugambilias; sin dejar de embellecer el escenario con extraordinarios colores, un nervioso colibrí situaba su nido en la hiedra, cerca del dulce del aretillo, para cualquier inesperado momento de hambruna.
De vez en vez aquel hombre capitalino, pero de sangre caliente, sacaba de la cocina las tortillas, salía al patio, extendía una servilleta enorme de mexicanísimos colores y ponía una a una las tortillitas al sol, pa´ una buena sopa o pa´ los exquisitos chilaquiles.
Al interior de la casa se respiraba el vapor del guisado, siempre perfecto, que hacía Mamá Tere –constantemente con la supervisión de su exigente, energúmeno y amoroso marido que la agobiaba con la sazón del caldo–.
- Ponle esto, ponle aquello, quítale ahí, trózale allá, apaga, prende, sirve.
Igual se molestaban que se encontentaban del segundo dos al tres.
Siempre ahí, entre una escena y otra, estaba yo. Minúsculo sujeto feliz de adentro hacia afuera y de arriba para abajo. Ayudaba a pasar los utensilios de cocina, a meter las tortillas, a sujetar el martillo, o simplemente a platicar en los escalones del jardín mientras Papá Carlos leía hoja por hoja el periódico del día…
Así fue mi terruño querido con mis bisabuelos.
… Ansioso, mientras tanto, esperaba a comer a mis padres, mi abuela y mi hermano mayor que regresaban a casa felices y exhaustos. A la entrada sin falta, como tarea, me regalaban, a boca llena, palabras y sonrisas invaluables, perfectas, imposibles de borrar.

Regresando del viaje al pasado, hoy tengo a mi sobrino que representa ese pasado más presente que nunca. Le agradezco que me vuelque loco de alegría, que me recuerde que estamos vivos, que somos frágiles, que tenemos la facilidad de crear cuanto seamos capaces de imaginar y transformar cada cosa que llegamos a tocar.
A mi pasado más presente que nunca.
J.C.
De allá rescato a Papá Carlos en el jardín de la casona creando con sólo un serrucho, clavos y madera artesanías casi ilusorias; regaba los alcatraces, podaba los arbustos y admiraba el escandaloso aretillo que rodeaba magnífico al árbol de durazno.
En el escenario nacían igual unos chilitos y limones, tan contentos como las rosas y las bugambilias; sin dejar de embellecer el escenario con extraordinarios colores, un nervioso colibrí situaba su nido en la hiedra, cerca del dulce del aretillo, para cualquier inesperado momento de hambruna.
De vez en vez aquel hombre capitalino, pero de sangre caliente, sacaba de la cocina las tortillas, salía al patio, extendía una servilleta enorme de mexicanísimos colores y ponía una a una las tortillitas al sol, pa´ una buena sopa o pa´ los exquisitos chilaquiles.
Al interior de la casa se respiraba el vapor del guisado, siempre perfecto, que hacía Mamá Tere –constantemente con la supervisión de su exigente, energúmeno y amoroso marido que la agobiaba con la sazón del caldo–.
- Ponle esto, ponle aquello, quítale ahí, trózale allá, apaga, prende, sirve.
Igual se molestaban que se encontentaban del segundo dos al tres.
Siempre ahí, entre una escena y otra, estaba yo. Minúsculo sujeto feliz de adentro hacia afuera y de arriba para abajo. Ayudaba a pasar los utensilios de cocina, a meter las tortillas, a sujetar el martillo, o simplemente a platicar en los escalones del jardín mientras Papá Carlos leía hoja por hoja el periódico del día…
Así fue mi terruño querido con mis bisabuelos.
… Ansioso, mientras tanto, esperaba a comer a mis padres, mi abuela y mi hermano mayor que regresaban a casa felices y exhaustos. A la entrada sin falta, como tarea, me regalaban, a boca llena, palabras y sonrisas invaluables, perfectas, imposibles de borrar.

Regresando del viaje al pasado, hoy tengo a mi sobrino que representa ese pasado más presente que nunca. Le agradezco que me vuelque loco de alegría, que me recuerde que estamos vivos, que somos frágiles, que tenemos la facilidad de crear cuanto seamos capaces de imaginar y transformar cada cosa que llegamos a tocar.
A mi pasado más presente que nunca.
J.C.

